“
Ojo por ojo; diente por diente... y el mundo se quedará ciego
”
- M. Gandhi

El pueblo de Israel es la brújula espiritual en la historia humana. Fue un pueblo elegido por Dios mismo para bendecir a todas las naciones de la tierra, aun antes de siquiera haber más gente que un anciano sin hijos peregrinando por tierra ajena y considerado como amigo de Dios.
Al liberarse de la esclavitud en Egipto (todo un símbolo de la genuina libertad por la fe en Jesucristo) el pueblo emprende su ruta a la Tierra Prometida, y en el monte Sinaí (Monte de Dios) se le otorga a la nación hebrea Su Constitución. Conocida como los Diez Mandamientos, esta Ley tenía implícita en sí una demanda para la cual no ofrecía la solución. La demanda no era ni más ni menos que
"Sed santos porque Yo (Dios) soy santo".
Entre las ordenanzas se contemplaba la fórmula como para saldar la paga del pecado (muerte) a través de la expiación de un inocente animal que tomaba el lugar del pecador.
En Cristo tenemos según la exposición de la epístola a los Hebreos el sacrifio ulterior con el que se saldó de un modo perfecto toda la demanda de la Ley.
Como expuso en su comentario sobre La Justificación, Jessica Olvido, ésta se obtiene en ninguna manera por obra de la carne, sino por la aceptación de que ante un Juez Justo (Dios), la única justicia valedera es la de Su propio Hijo que con su Sangre expone ante el Trono Celestial la propiciación por nuestros pecados. Y aquí ya no se requiere el sacrificio de animales vez tras vez, sino que de una vez y para siempre se ha hecho la redención mediante la muerte de cruz de Jesucristo.
Ante lo expuesto, queda evidenciado que en ninguna manera lograremos la justificación por méritos propios, porque sino en vano murió Cristo.

Cuando en el jardín de Edén, Adán y Eva se cubren con hojas de higuera, estaban tratando de tapar humanamente la culpabilidad de la que eran concientes. Dios mismo ante ese hecho, los viste con pieles, quedando implícita la simbología del sacrificio de sangre para cubrir nuestros pecados.
El humanismo centra su poder y suficiencia en las obras de la carne: los méritos humanos.
La ley dada en el Sinaí demostró que el hombre es incapaz de cumplir con esa Ley, en la que de fallar en apenas una sola claúsula, se merecía la muerte. Para ello estaban los sacrificios. No como obra justificadora en sí, pues cada vez que se incurría en pecar habría de morir un nuevo animal.
Cuando Cristo expira en la cruz, sentencia con Su voz: "Consumado Es".
Esto significa que la obra fue completada. No hay requerimiento de nuestra parte para hacer nada como añadidura.
Abraham creyó, y le fue contado por justicia. Un mensaje muy preciso de entender en una sociedad autosuficiente: La fe en la obra redentora del Hijo de Dios es todo lo que se requiere para alcanzar esa justicia que nos libra de la condenación.
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Si mi intento de alcanzar la justificación se basa en mi esfuerzo humano (que la Biblia describe como "carne"), mi sentencia segura es la muerte, porque en ninguna manera seré capaz de cumplir con toda la Ley.
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Si en humildad y arrepentimiento, reconozco que solo es a través de la obra de Jesucristo que puedo ser declarado justo ante la presencia del Juez, la cobertura de la Sangre del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, me librará de la condenación.

"Mas a todos los que le recibieron [a Jesucristo], a los que creen en Su nombre, les dio la potestad [el pleno derecho] de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios" - Juan 1:12-13

by MJP - Bariloche, Argentina
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